Mientras avanzan los diálogos en La Habana, nos preguntamos ¿qué aprendizajes puede sacar el país de sus anteriores desmovilizaciones?, ¿bastará con desarmar a los guerrilleros para alcanzar la paz?, ¿qué tareas deberá realizar la ciudadanía para reincorporar a los combatientes en otras prácticas?, ¿cómo se deben reparar a las víctimas? Las respuestas ofrecen un  panorama complejo pero necesario de afrontar.

 

Por: Andrés Felipe Moncada, Juan David Ortega, Alejandra Mafla, Camilo Parra, Luis Tróchez

El “yo” es “un otro”. 

Jean Luc Godard

En los últimos meses antes de salir de la cárcel, Ángela pasaba sus días acostada en su cama. La habían indultado y no alcanzó a cumplir una condena de ocho años por rebelión. Durante su estadía en el Buen Pastor de Bogotá, asesinaron a Carlos Pizarro y a Pardo Leal, y las esperanzas que guardaba en los acuerdos de paz se desplomaron. Perdió 11 kilos en ocho meses, luego de salir a la vida civil con “una mano atrás y otra delante”. No sabía qué hacer, el M-19 era su familia y ya no existía.

En la Colombia de los años 90 nueve grupos guerrilleros abandonaron las armas. Se desmovilizaron 4.817 militantes, pertenecían al M-19, al Movimiento Armado Quintín Lame, al Ejército Popular de Liberación, al Partido Revolucionario de los Trabajadores, y a la Corriente de Renovación Socialista. También algunos eran miembros de un puñado de grupillos que ahora pocos recuerdan, como el Comando Ernesto Rojas (CER), las Milicias Populares de Medellín (MPM), el Frente Francisco Garnica y el MIR-COAR. A pesar de la desesperanza, también Ángela se desmovilizó. Fue cubierta por los acuerdos que concretaron el gobierno y el M-19.

Cuando una unidad se desmoviliza abandona sus estructuras armadas, las redes de inteligencia y las estructuras administrativas. Los guerreros dejan sus armas, el paisaje que les era familiar lleno de trincheras y trochas se transforma en calles de concreto. Pero la desmovilización no es suficiente. Antes de la década de los 90 comenzó a hablarse de reintegración en Colombia. A diferencia de la desmovilización, los programas de reintegración pretenden que el guerrero de ayer se sume a la vida cotidiana en una comunidad, un barrio, una ciudad, a un proyecto de producción. Tras años de estar dando bala y acechando, los combatientes se habitúan a ello, y es necesario un largo proceso para abandonar esos hábitos y construir nuevos vínculos. Volverse ciudadano es complejo, luego de haber matado, herido, violentado a otros. 

El país que se enorgullece con el éxito de sus celebridades en el exterior o de sus figuras deportivas como Falcao y se reconoce en García Márquez, suele olvidar que también los asesinos, los criminales, los narcos son su hechura. Mafiosos, sicarios, políticos corruptos, guerrilleros, paramilitares son el resultado de una sociedad que no asume sus equivocaciones, no entiende su origen y prefiere ignorar sus propios engendros. El excombatiente debe reintegrarse a la sociedad que lo ha forjado; está obligado a alejarse de su pasado, a abandonar la violencia y a reinventarse en un país que ha cambiado poco y muy lentamente y en el que los mecanismos que engendraron al combatiente siguen marchando debidamente aceitados. Colombia necesita reconstruirse como un cuerpo integral.

Una efectiva reparación, necesita que víctimas y victimarios relaten sus versiones de la guerra. Conocer la verdad, el dolor provocado y sentido, es lo mínimo para que las heridas sanen con el tiempo.

 

Una efectiva reparación, necesita que víctimas y victimarios relaten sus versiones de la guerra. Conocer la verdad, el dolor provocado y sentido, es lo mínimo para que las heridas sanen con el tiempo.

 

William Torres, profesor de la Universidad Surcolombiana, ha estudiado el impacto del conflicto en la experiencia subjetiva de las personas; busca comprender cómo los miedos heredados por la guerra conviven a diario con sus víctimas. Torres piensa que el descosido tejido social, las heridas del conflicto, inician con la destrucción del tejido comunicativo. Éste es entendido como los vínculos y urdimbres que construyen los grupos para tener un espacio propio, con sus afectos, en un territorio desde el cual organizar y explicar la vida. La escalada de los grupos armados criminales y de narcotráfico fue rompiendo esta construcción. Primero estos grupos intimidan: no hables, no te quejes. Luego generan zozobra: ¿Qué está pasando? ¿Qué pasó? Se aprende a tener la radio eternamente prendida en espera de malas noticias. Después desplazan a las personas y las llevan al ensimismamiento, al silencio, al trauma, explica Torres.

Los desmovilizados están obligados a aportar información que permita dar con el paradero de los cuerpos de las víctimas y de los caídos. El Estado durante un tiempo orientó la reparación ofreciendo retribuciones económicas a los dolientes. Pero como se sabe, el dinero no compensa el duelo  que causa la ausencia de un ser querido. Los pagos no ayudan a concluir ese proceso doloroso, y en ocasiones no hace más que envilecerlo debido a que se recibe poco por una pérdida que no tiene precio. Las familias necesitan saber de la ubicación del cadáver, de los restos de su ser querido, de las circunstancias de su muerte, requieren desenterrarlos y darles sepultura. El Centro de Memoria Histórica es una de las pocas instituciones nacionales que aporta a la restauración del tejido social ocupándose de tratar con los aspectos menos tangibles pero más importantes para, alguna vez, pasar la horrible noche. Esta entidad tiene como objetivo reunir y recuperar todo el material documental, testimonios orales de aquellas personas que individual o colectivamente hayan sufrido un daño por violaciones ocurridas con ocasión del conflicto armado interno, como expresa la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras.


 Animales de costumbres

Somos animales de costumbres. Para una persona en la ciudad es muy fácil vivir porque tiene amigos y comodidades, muchas cosas que en la selva no se pueden tener. Sin embargo uno se acostumbra, por ejemplo a dormir en hamaca, sin nada. Carlos, un hombre moreno y robusto, ex miembro del EPL recuerda con calma. Viste casual, de jean y camiseta. Se toma su tiempo para hablar. Se resiste a hablar de su pasado. La mirada se le pierde como si volviera a la humedad de las trochas por donde caminaba bajo la sombra fría de los árboles. Hubo un tiempo en que me adapté, fueron como tres meses, no teníamos nada, absolutamente nada, solamente el equipo, el arma. Nos tocaba dormir sin sábana y sin hamaca. La hamaca sólo se utiliza en un buen clima, como el de la selva. Dice que cuando hay mucho frío y se cuenta solo con un plástico para resguardarse, no se usa hamaca. Uno se acuesta en el suelo. En una noche helada, con cada centímetro de piel herida de frío, sólo la tierra te brinda calor y abrigo. Los primeros tres días son los más difíciles. De un árbol grandísimo sacábamos hojas y revisábamos que no tuvieran bichos, luego las amontonábamos en el suelo, colocábamos el plástico y le tirábamos más hojas encima. Y listo, ahí se dormía. 

En la mitad de su casa en el barrio San Fernando de Cali, tiene un jardín con un camino que lo atraviesa. El viento balancea una hamaca que usa de vez en cuando. La observa cuando recuerda aquellos días. Hoy se pregunta cómo podía soportar tantas situaciones extremas en la selva: dormir preparado para el combate, boca abajo en la hamaca, abrazado a su arma. A la primera señal saltaba y quedaba en el piso, listo para entrar a la batalla. A las tres o cuatro de la mañana, cuando comienza el rocío - que uno sólo percibe cuando lleva tiempo allá-, el cuerpo se enfría, es la cosa más tremenda. Pero después de los primeros días, dejamos de quejarnos, el organismo asimila la temperatura y nos fortalecemos.

 

 

Carlos cuenta que reconocían en medio de la noche cuando alguien había pasado por la selva. Sus ojos se adaptaban a la oscuridad y podía notar los mínimos cambios en los caminos, cuando alguien los transitaba. Uno puede percibir si hay gente en la zona. Yo no sé cómo explicarlo. La vegetación cambia cuando hay personas. La respiración de la selva cambia. 

Las rutinas de los combatientes son monótonas. Se levantan temprano, hay entrenamientos militares y políticos, hacen rondas de vigilancia y se prepara la comida. Carlos cuenta que el ejército prefiere atacar en la madrugada. Las batallas son tan intensas que no se puede dormir durante todo el día; sólo a tempranas horas de la mañana, amparado por la oscuridad, se puede cerrar los ojos en medio del sonido de las balas. “En el combate, todo el mundo tiene nervios, pero hay que saber qué hacer con el miedo, hay que adaptar la psiquis. Al primer balazo uno se tira al suelo y luego mira de dónde viene”.

Carlos se desmovilizó en 1991, aprovechando el acuerdo político que logró el gobierno con el EPL.

Según cuenta Edilfredo Hio, secretario de la organización Sol y Tierra, y ex miembro del Movimiento Armado Quintín Lame, en 1971 algunos dirigentes nasa del Cauca se reunían clandestinamente para planear la recuperación de las tierras que les habían arrebatado los terratenientes con apoyo del ejército. Tres años después fundaron el Consejo Regional Indígena del Cauca, una organización cuyo lema era “recuperar la tierra para recuperarlo todo”. Tenían la función de liderar la lucha indígena del Cauca en los años 70. Terratenientes y otros grupos que no estaban de acuerdo con la política del CRIC empezaron a perseguir a los líderes de la organización y como contrapeso nació el Movimiento Armado Quintín Lame. Su propósito fue defender al Consejo y apoyar la lucha indígena. No era una organización independiente del CRIC.

El movimiento armado Quintín Lame tuvo mucha aceptación dentro de los cabildos indígenas y la comunidad a la que pertenecían sus integrantes. Tenía una ideología muy diferente a los otros actores armados. Precisamente el Quintín Lame, se vio obligado a armarse, para defender sus tierras y a su gente, no tenía la intención de tomarse el poder a través de las armas. Cuando Edilfredo fue combatiente pudo notar la ayuda que le prestaba el pueblo indígena al movimiento; era común que invitaran a los integrantes a sus casas y los trataran como miembros de su familia. Incluso algunos gobernadores de las comunidades enviaban a muchos jóvenes a formarse con ellos.

Tras años de lucha, el Quintín Lame entró a negociar con el gobierno de Virgilio Barco Vargas, en medio de la coyuntura de la Asamblea Constituyente del 91. El gobierno aceptó la petición del movimiento de tener un representante en la Asamblea, y ellos delegaron a Alfonso Peñas Chepe, mientras ultimaban los detalles de la dejación de armas. Fue un gran logro poner un representante del movimiento en la constituyente. Lo acompañaron un indígena del pueblo Mizac, Lorenzo Muelas, y Alfonso Rojas Birry. Ellos lograron unificar una propuesta en defensa de los indígenas de Colombia. En la constitución del 91 se plasmaron algunos de los derechos que deben tener los pueblos indígenas, cuenta Edilfredo. 

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 Ángela

Cuando Ángela recuerda por qué ingresó al M-19 no puede dejar de identificar las circunstancias que marcaron su niñez. Tiene poca estatura y algunas arrugas que le dan un semblante incisivo. Mientras toma un té verde caliente trae a memoria la historia de su padre, un hombre de ascendencia humilde, que estudió primaria con libros prestados y sufrió dificultades imaginables. Él le contaba cómo vivió la época de La Violencia, criando a sus hermanos menores y escondiéndose de los militares Chulavitas que buscaban neutralizar cualquier oposición al gobierno conservador. Pero sobre todo la estremecía observar la marcada estratificación social del ingenio azucarero donde vivía su familia, cerca a Palmira. Los patrones y empleados de alto rango tenían casas grandes y confortables, con perros guardianes y árboles de mango a su alrededor. Cuando había cosecha no podían comerlos porque para quienes vivían en las casas más modestas estaba prohibido entrar allí. Los mangos se perdían en el suelo, o los hijos de los patrones se los vendían a Ángela en los buses que los llevaban a la escuela. Ella pertenecía al sector medio, vivía en casas de ladrillo, con puertas de madera y servicios públicos. Las familias más humildes eran las de los trabajadores rasos y los corteros. Le llamaban “El Pueblo” al conjunto de cambuches donde residían. No tenían servicios públicos y de unas piletas de agua estancada sacaban para bañarse y beber.

Cuando Ángela era niña jugaba con su muñeca a ser líder, una defensora de los malaventurados que luchaba por la justicia y la equidad. En las tardes brincaba junto a sus amigos tras una pelota de basquetbol y a veces subían al páramo. Cuando cursaba noveno grado, hizo parte de un grupo de estudio, en el que se juntaban jóvenes universitarios y escolares para discutir textos sobre materialismo histórico, dialéctica, textos de Hegel y Marx.Ángela estaba empapada y conocía discursos de izquierda antes de ingresar a la Universidad del Valle a estudiar Ciencias Naturales. Incluso, conocía a personas de los movimientos estudiantiles y había participado en una movilización estudiantil contra la reforma educativa del 78.

Los dormitorios de las residencias univallunas eran usados para debatir los problemas sociales y la situación del país a finales de los 70. Ángela visitaba estos edificios en la noche y se quedaba a dormir en un dormitorio prestado. También asistió a las acaloradas asambleas estudiantiles y de a poco fue ganándose un lugar en el consejo estudiantil. Por ese entonces la universidad no estaba amurallada, el campus se volvía un terreno de batalla cuando los estudiantes se enfrentaban con la policía.

Como ahora, los disturbios también resultaban una fuente de entretenimiento para revoltosos y observadores. Corría mucha adrenalina al entonar los canticos, al huir de los gases, al saltar y mantenerse alerta. Los ánimos se caldeaban con los insultos lanzados entre los bandos. La policía de un lado. Los estudiantes del otro. Una vez Ángela caminaba junto a una amiga por el terreno baldío donde ahora queda Unicentro. Al avanzar se encontraron con un grupo de soldados que se dirigía hacia la Universidad. Sin preguntarles nada comenzaron a perseguirlas. Ángela se fue de bruces en un pequeño altibajo y uno de los soldados descargó una andanada de patadas, puños y golpes sobre su cuerpo. Se detuvo cuando ella le gritó “¡No más!”. Su amiga contó con menos suerte, le partieron el brazo izquierdo. Luego las usaron como escudo para detener las piedras que lanzaban los estudiantes. El dolor de los golpes lo resintieron encerradas en una celda durante tres horas. 

Al transitar por estos círculos universitarios, las invitaciones para que se uniera a diferentes movimientos no se hicieron esperar. Conoció a un muchacho del ELN que la invitó a unirse, pero fue dado de baja en un operativo poco después. Recién había ocurrido la toma de la embajada de República Dominicana por el M-19, en febrero de 1980, cuando otro amigo logró convencerla de vincularse. Comenzó a trabajar en una célula del sector estudiantil. La entrenaron militarmente en zonas desoladas de la ciudad. Hacían acondicionamiento físico y práctica de tiro. También le enseñaron inteligencia militar, manejar las bombas molotov y construir las panfletarias con un tarro metálico de galletas Saltinas lleno de volantes que se esparcían en espacios abiertos cuando se activaba un pequeño mecanismo explosivo. La célula donde laboraba era responsable de apoyar a los movimientos estudiantiles de Univalle, de otras universidades y colegios, y de apoyar a los sectores populares en los barrios de invasión.

 

 

Con la llegada de Turbay al poder en 1978, arreciaron los ataques militares contra el movimiento. Los operativos de la fuerza pública habían llevado a la cárcel a casi toda la cúpula del M-19, mientras otros grupos guerrilleros se expandían por varias regiones del país. Ángela se vio obligada a trabajar en la clandestinidad. Sin embargo, la capturaron cuando iba a realizar unos trabajos en un pueblo cercano a Palmira. Antes de ser enviada a la cárcel los policías la amarraron de pies y manos a una silla metálica; con una capucha en la cabeza recibió los embates de agua fría hasta desmayarse. Se mantuvo en silencio, luchando con esa parte frágil de su mente que quería soltarles toda la información que pedían. Los uniformados no obtuvieron lo que buscaban y desistieron. La enviaron a una cárcel durante tres meses. Al salir intentó volver a la Universidad, pero no pudo continuar sus estudios porque descubrió que la estaban persiguiendo. Ocurrió cuando caminaba por las calles de Palmira, atravesaba las cuadras del barrio cerca de su casa, y de pronto notó que un hombre en moto la seguía. Armándose de valentía se acercó al tipo y le preguntó ¿por qué la seguía? El hombre un poco desconcertado respondió que sabía en que estaba metida, que era del F-2 de la Policía y que se cuidara.

Entonces puso su vida en manos del M-19 y su compromiso le permitió ascender rápidamente dentro de la organización. Sus responsabilidades aumentaron y la relación con su familia se deterioró hasta acabarse cuando la detuvieron en la afueras de Bogotá.

Era 1987 y se dirigía a una reunión. Un Renault 4 apareció por sus espaldas y hombres saltaron como perros bravos a la calle. Le cayeron encima. Ella cree que eran oficiales al mando de Maza Márquez, director del DAS entre 1985 y 1991. La arrastraron hacia el carro y en poco tiempo, entre vaivenes y vueltas, terminó en un batallón.

El lugar era oscuro y húmedo. La única bombilla iluminaba el piso de concreto y al policía “bueno”. Él le hablaba como si fuera de izquierda, como si comprendiera sus ansias de mejorar el país, mientras una voz perversa que venía de entre las sombras la amenazaba, trataba de intimidarla con mentiras. Todo era igual a las estereotipadas escenas de interrogatorio de las películas policiacas. Esa vez tuvo más miedo pues sabía de la fama de asesinos de la gente de Maza Márquez. Estaba en ropa interior, aterrada y aunque la amenazaron con hacerle el submarino -hundirla de cabeza en una piscina helada- el interrogatorio terminó sin resultados. La mandaron al Buen Pastor donde pasaría tres años antes de que le dieran la amnistía, cuando tenía 28 años.