Detrás de las mujeres que durante más de dos décadas han abastecido los hogares de miles de caleños, hay una historia. Antes que las cadenas de grandes superficies hagan desaparecer las plazas de mercado, rendimos un homenaje a las mujeres de la galería Alameda. ¿Sabes quién abastece la comida en tu casa?

La galería Alameda es una de las plazas de mercado más antiguas y grandes de Cali. Cientos de personas de clase media de la ciudad continúan visitándola, a pesar de que, poco a poco, va siendo rodeada por supermercados como Olímpica, Megafruver y Superfamiliar.

En esta plaza no hay cabida a la dominación masculina. Cinco mujeres unidas por la voluntad, el entusiasmo y el amor por Alameda se levantan todos los días, mucho antes de que la luz del sol atraviese sus ventanas, para iniciar las labores con las que se han ganado la vida: abastecer de alimentos la ciudad.

Fotografías: Lorena Chávez 

 

La cálida mujer del cuarto frío

Por: Kelly Sanchez

Ana Cardona oculta las canas de sus 68 años bajo un tinte rojo. Sus pequeños ojos negros logran descargar una mirada penetrante que muestra un carácter recio. Su voz es ronca, cuando habla transmite una sensación intimidante. Las uñas de sus manos son largas y lucen maquilladas de color marrón con destellos dorados; las de los pies prefiere no pintarlas, “si uno cae por ahí en algún lado, en las uñas de los pies se nota si uno está muerto y si están pintadas no se darían cuenta”. Bebe diez tazas de café bien cargado cada día y se fuma una cajetilla de Piel Roja. Ana nació en Abriaquí, Antioquia, es una paisa verraca y sin pelos en la lengua. A pesar de su semblante amedrentador, cuando ofrece su sonrisa amplia, remarca las arrugas de su rostro y descubre a una mujer adorable con muchas vivencias. Yo estaba ansiosa por escucharla.

Decían que era una mujer de carácter templado, luchadora y que no se le “agachaba” a nadie. Con mesura la abordé en su lugar de trabajo: el puesto número 20 de la galería Alameda, un escritorio raído, color hueso, cerca a una de las entradas de la plaza. Ella, precavida, no quería hablar, arrugaba el seño y había que luchar para sacarle unas cuantas palabras. “vos pa’ qué es que querés saber tanto ¿viniste a fiscalizame o qué?”. Bastó paciencia para que minutos más tarde, lograra ganarme su confianza y ya no hubo quién la callara.

Hace 45 años vive en Cali y lleva 34 trabajando en la galería Alameda. A las 4:30 de la mañana, cuando el sol todavía no despierta y la oscuridad de la noche abraza la mañana, Ana inicia sus labores en la galería, su segundo hogar. Ella es la encargada del cuarto frío. En él, los vendedores de la plaza, llevan a guardar bultos de cebolla, cilantro, habichuelas, zanahorias, canastas de tomates, lulos, mangos… toda clase de frutas y verduras, pero también cerdos desmembrados y sangrientos y cualquier otro alimento perecedero. Pagan una tarifa que varía entre los mil quinientos y los diez mil pesos de acuerdo con la cantidad o peso del producto que desean almacenar.

 

A las 4:30 de la mañana, cuando el sol todavía no despierta y la oscuridad de la noche abraza la mañana, Ana inicia sus labores en la galería, su segundo hogar

 

Guardar un sólo bulto de cilantro cuesta mil quinientos pesos y 10 canastas de frutas, diez mil. Ana obtiene entre sesenta mil y setenta mil pesos diarios. Responde cada mes por seiscientos mil ante Asoalameda, la administradora de la galería. Debe encargarse además de los servicios públicos (agua y energía) que pueden ascender a quinientos mil. Su ganancia mensual varía alrededor de los seiscientos mil pesos, trabajando sin descanso de lunes a lunes. Con la mirada perdida y un gesto en sus labios, como de reproche, dice que la galería está quebrada, la competencia la ha acabado “ese Olímpica que han abierto ahí y ese Surtifamiliar, nos tienen azotados. Ahora sólo queda un 20 por ciento de los trabajadores, el negocio ha decaído mucho”.

 

 

Mientras hablábamos –más ella que yo- éramos interrumpidas a cada instante por compradores que pasaban a saludarla o trabajadores que llegaban a guardar sus alimentos en el cuarto frío. Ana pesaba la carga, también hacía el cálculo a ojo y definía el precio que debían pagar por el servicio.

Ana es reconocida en la galería porque hace nueve años decidió crear la Fundación Anita, que se dedica a afiliar a los trabajadores de la plaza al servicio de salud, ARP, pensiones y seguro funerario. “Las EPS no recibían a los trabajadores, nos rechazaban porque para ellos éramos unos infelices sin capacidad de pago y por eso me di a la tarea de afiliar a todos esos infelices. Ahora me imagino cómo les queda el ojo cuando un vendedor de papas de aquí debe ser atendido en la Clínica Valle del Lili donde atienden a los millonarios”, dice, con los brazos cruzados y la cabeza erguida en un gesto de notable orgullo. Sus hijos le ayudan con la fundación. Ella se encarga de afiliar a quienes lo necesiten, desde un carretillero, un vendedor ambulante o cualquier comerciante de la galería.

Empieza a caer la tarde y la galería se va quedando sola, el bullicio del día se va transformando en un triste silencio, como el que queda en los colegios cuando se terminan las clases y los estudiantes se marchan a sus casas. Ana debe estar allí hasta que se vaya el último vendedor. Mientras espero a que atienda a un hombre que le entrega un dinero –según entiendo es afiliado de la fundación y viene a traerle su cuota- , llama mi atención un hombre de piel quemada que usa guantes, jean azul y camisa marrón. Lava con una manguera a toda presión y la ayuda de una escoba, los mesones sangrientos en que los carniceros manipulan la carne. El agua recupera el color blanco de la cerámica de los mesones, un líquido rojo se precipita hacia el suelo y se mimetiza con el color ladrillo de la baldosa. Un olor penetrante a sangre y suciedad irrumpe mi respiración.

 

Empieza a caer la tarde y la galería se va quedando sola, el bullicio del día se va transformando en un triste silencio, como el que queda en los colegios cuando se terminan las clases y los estudiantes se marchan a sus casas.

 

-¡Oiga!, ¿se quedó pensando en la güevas del marrano o qué?-, me dice mientras pasa las manos frente a mi cara para llamar mi atención.

Esta mujer creció en Medellín. Desde los ocho años se fue de la casa. No soportaba a su padrastro. Se integró a una granja infantil, término que no entendí de inmediato, imaginé que era un lugar donde les ensañaban a cuidar animales o a cultivar la tierra. Pero ella me explicó que era una fundación que les brindaba albergue, cuidado, alimentación y educación a niños que no tenían hogar o estaban en riesgo de maltrato físico o psicológico. La protegían de “la maldad del mundo”, pero no le permitían salir. A sus 13 años Ana ya era muy grande para permanecer en ese hogar, así que su mamá la devolvió a casa. Días después se escapó nuevamente, esta vez se internó en un convento, “yo prefería ser monja que quedarme en la casa para verle la cara a mi padrastro.” A sus 18 años dejó el convento y regresó a casa. Dos semanas después conocería a su futuro esposo por quien se radicó en Cali. Con él tuvo cuatro hijos, tres mujeres y un hombre. Con acento presuntuoso, dice que se casó enamorada y virgen “como Dios manda”. Veinte años después le puso a su esposo las maletas en la puerta para que se fuera de la casa. Lo había descubierto con otra mujer. Nunca lo perdonó, estaban casados por la iglesia y no pudieron divorciarse. No tuvo más hombres y hasta ahora lo llama “mi esposo”. Lo mataron hace algunos meses en Palmira, era homeópata, iriólogo y botánico de buen prestigio en la ciudad. Desde su separación, ella se dedicó a trabajar en la galería en el mismo puesto que hoy ocupa. Ana cuenta con tono nostálgico que no tuvo tiempo para ser feliz. Aunque no va a misa muy seguido, del convento conserva marcadas creencias católicas. Cree en los milagros y es supersticiosa. Sentada ante su viejo escritorio, con su bata blanca, su libro de inventario y su infaltable café, ve pasar el día en medio de la plaza hasta quedarse sola. Sale a las siete de la noche.

-Pero tenés que volver a visitarme.

-Claro, yo vuelvo y la invito a un cafecito.

-Pero venís cuando esté mi nieto, él necesita conocer niñas como vos, a ver si se avispa.

-Me río – Bueno, vengo con mis amigas entonces.

-Eso, eso, por acá te espero para que echemos lengua otro rato.

El cielo está tan oscuro como cuando llega a trabajar en la madrugada. Se dirige a su casa, vive en la vereda La Sirena, al suroccidente de Cali. Se aleja de la agitación del centro de la ciudad para adentrarse en una vivienda propia que consiguió hace 25 años. Allí se encuentra con la soledad. La espera en casa desde que sus hijos se marcharon para formar sus familias. No necesita descansar de su trabajo, es éste el que la mantiene alejada, al menos durante gran parte del día, del eco del silencio que se aloja como invitado inusitado en los rincones de su casa.

Algunas semanas después regresé a la galería para visitar a Ana. Al llegar al cuarto frío me encuentro con el aviso “fuera de servicio”. Pregunto por Ana y me indican el lugar donde la puedo encontrar. Ahora administra los baños públicos de la galería. Allí estaba, en una pequeña oficina cerca a la entrada de los baños. Recibe los 700 pesos que cuesta usar el baño y entrega papel higiénico.

–El cuarto frío ya no estaba dando, tocó cerrarlo. Es que como te dije la vez pasada, esta galería está quebrada. Cualquiera de estos días voy a llegar y la galería va a estar cerrada.

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