Al tratar Let Us Now Praise Famous Men, la singular obra del reportero y poeta James Agee, dije que su documental poético prefiguraba una de las tendencias básicas del periodismo literario contemporáneo la de aquellos reportajes que, como el de Agee, reivindican y hacen explícita la presencia e incluso la intervención subjetiva de sus autores, convencidos de que la objetividad y los medios que -se supone- permiten alcanzarla son un ardid cognoscitivo íntimamente relacionado con el discurso periodístico hegemónico, de raíz positivista y funcionalista.

 

Tal actitud, decía, se distingue de la de aquellos reportajes que, como los del Lillian Ross o Truman Capote, limitan o incluso evitan cualquier manifestación autorial en el relato, con el propósito de conferirle una apariencia de objetividad y de verosimilitud claramente deudora de los principios y los métodos de la novela realista y naturalista. Tal como Dwight Macdonald señaló hace años, hacia la década de los cincuenta empezó a insinuarse un fuerte contraste entre ambas maneras de concebir el reportaje literario. Y como veremos en adelante, la elección de una u otra actitud tiene hoy, además de importantes implicaciones cognitivas y éticas, consecuencias decisivas en cuanto a la conformación compositiva y estilística del periodismo literario.

Así, los autores adscritos al <<New Yorker –objective mode>> (<<estilo objetivo New Yorker>>) del que habla McDonald produjeron un tipo de piezas radicalmente diferentes de las de la línea Agee: se trata de la novela-reportaje, un derivado innovador del reportaje novelado basado en la conjugación del rigor documental con el uso de convenciones de representación características de la tradición novelística de signo realista perfilada en el siglo XIX por escritores como Stendhal, Flaubert, Maupassant, Tolstoi, Galdós, Dostoievski o Henry James.

El primero de estos reporteros-novelistas objetivos, reunidos alrededor de la revista de The New Yorker, fue Jhon Hersey, quien con Hiroshima (1946) estableció un sólido precedente de las novelas-reportaje escritas durante los años cincuenta, sesenta y setenta por autores como Lillian Ross (Picture, 1952), Truman Capote (In Cold Blood, 1965) y Norman Mailer (The Executioner´s Song, 1979).

Hiroshima se convirtió, desde su publicación en The New Yorker, en un hito del periodismo literario contemporáneo. Truman Capote definió en una ocasión el libro como una <<pieza periodística clásica>>. Y Tom Wolfe, después de calificarlo de <<muy novelístico>>, lo ha reconocido como un antecesor directo del New journalism norteamericano de los años sesenta, setenta y ochenta.

 

Hiroshima se convirtió, desde su publicación en The New Yorker, en un hito del periodismo literario contemporáneo

 

Un año después del genocidio nuclear, Hersey visitó la ciudad japonesa y reunió durante seis semanas, a partir de los relatos cruzados de algunos supervivientes, los datos y los testimonios necesarios para escribir un reportaje austero y pormenorizado sobre los efectos de la hecatombe. El texto resultante, de ciento veinte páginas, fue inmediatamente publicado por la revista The New Yorker, que le dedicó -hecho inédito en la historia de este prestigioso magazine- un número entero, ocupado totalmente por el relato de Hersey. Más adelante, la editorial inglesa Penguin adquirió los derechos de publicación y convirtió a Hiroshima en un libro de éxito multitudinario.

En entre la obra de Hersey y las de Agee hay dos diferencias importantes. En primer lugar, la innovación de Hersey consistió en componer el reportaje mediante técnicas muy próximas a las de la novela realista, consonantes con la voluntad del escritor de mantenerse fuera del relato, tan ausente como quería Flaubert mientras escribía Madame Bobary: <>. En segundo lugar, Hersey no tomó parte en la experiencia relatada, ni siquiera asistió a ella en calidad de testigo directo. Por el contrario, le fue preciso reconstruir laboriosamente lo que un año antes había sucedido en Hiroshima por medio de entrevistas exhaustivas con algunos supervivientes de la tragedia.

Mientras que Agee narra su interacción directa, su contacto con las situaciones que vivió, aunque sea como testigo de excepción, Hersey busca y consigue mantener una distancia cautelar con los hechos evocados, que le lleva a consignarlos desde fuera, sometiendo la historia a un control disciplinado y confiriéndole la armonía de una narración meticulosamente acabada. También a diferencia de Agee, que desconfía de sus posibilidades -y en las del lenguaje- para captar una realidad siempre inaprehensible, Hersey escribe convencido de poder encapsular los acontecimientos dentro de un organismo literario cerrado. La personalidad del escritor está siempre ausente, no hay pronombres personales, y el recording angel -literalmente <<ángel registrador>>- de que habla McDonald actúa cual grabadora magnetofónica exacta e impávida sin revelar nunca su presencia el lector. Y no obstante, el escritor narra los hechos conmovido, y su emoción, jamás explicitada, impregna todo el libro de un lirismo sutil, tenue y compasivo.

Hiroshima se estructura por medio de la yuxtaposición de los testimonios de seis supervivientes, un oficinista, un médico, la viuda de un sastre, un sacerdote alemán, un joven cirujano, un ministro metodista, distribuidos en cuatro capítulos: el primero, <<Un relámpago silencioso>>, relata lo que cada uno de ellos estaba haciendo instantes antes de la explosión, y cuáles fueron sus reacciones inmediatas; el segundo, << El fuego>> narra cómo transcurrieron las 24 horas posteriores; el tercero, <<Los detalles están siendo investigados>>, utiliza el mismo método, esta vez aplicándolo a un lapso de varios días, e introduce una explicación sobre las características de la bomba y alcance de la devastación que ocasionó; y el cuarto, <<El pánico sobre la hierba y los enfermos>>, reanuda los relatos de los personajes principales para exponer las consecuencias de la deflagración un año después.