Noticias sobre las Noticias 8

Mirar la prensa y el periodismo, y comentarlos

 

"Sin embargo, sí hay un mundo –muy chiquito, si se compara con los entornos no digitales- en que la tecnología [digital] está 100% en todo. Ese mundo es internet y,su versión gráfica, la web. Pero internet y la web, a pesar de su portentosa presencia y ubicuidad no son el mundo, sino un minúsculo mundo en el mundo" 

 

En una entrevista publicada en El Tiempo (2013) el 28 de septiembre de 2013, habla un tal Andrés Barreto. Aparece en una fotografía de medio cuerpo. Se trata de un hombre muy joven, cuando más 30 años, cuya apariencia es la mezcla exacta del estudiante universitario, el yuppie adinerado, el extasis dancer y el avezado inversionista, muy parecido en el estilo al Mark Elliot Zuckerberg que vimos en Red Social, el de la película estelarizada por Jesse Eisenberg. Hubo una época en que los exitosos desarrolladores de empresas punto com tenían la aburrida apariencia del nerd, inhábil para las relaciones sociales, genio despalomado y sexualmente ingenuo y neutro encarnado en el desangelado Bill Gates. Hoy la nueva cohorte de creadores de aplicaciones y emprendimientos de base tecnológica se han yupizado un poco más y claramente parecen menos desadaptados respecto a las reglas, modos y formas de vivir de los sectores integrados de la población, aquellos para los cuales el mundo marcha de maravilla o, al menos, aquellos que confían en poder disfrutar con alguna intensidad los días que les restan en la Tierra.

Barreto es el creador de Grooveshark, un sitio web de música, que decidió irse a Estados Unidos para encontrar inversionistas que se le midieran a su propuesta, porque –dice- aunque aquí en Colombia hay dinero o capitales suficientes, [este capital] “no es tan inteligente porque prefiere dirigirse a infraestructura, hidrocarburos e inmuebles, y no en tecnología”. Elevado a la condición de gurú de emprendimientos de base tecnológica, Barreto –como suelen hacer los gurús- ofrece declaraciones entre proféticas y misteriosas (la mayoría, de sentido común), que tienen ese particular atributo de la prédica de los exaltados e iluminados: parecen claras e inteligentes, pero una vez que se las examina con cuidado no son ni lo uno ni lo otro. “Lo que se está viendo es la eliminación de intermediarios entre las personas y la información”. O sea, la información es una señora que va por allí, por el mundo. Antes, en el pasado reciente, uno necesitaba a un intermediario (¿un proxeneta?) para que se la trajera a casa, y ahora llega a uno sin necesidad de proxeneta. Para acceder a la música uno tenía que pasar por intermediarios (vendedores de discos, emisoras de radio, vendedores de boletas para ir al concierto), y la música (esa forma de información, o sea  esa señora que va por allí) debía hacerla alguien (intermediario) para que existiera y llegara a uno después de tantas dificultades, trámites y pasos. Ahora llega directo a ti vía Grooveshark, que no es un intermediario (proxeneta) sino otra cosa, una entidad intangible, una punto com, un sitio web en ningún sitio. De repente los sitios web y las aplicaciones ya no son intermediarios. ¿Entonces qué son? 

Barreto dice, después, en tono profético, “la tecnología y, sobre todo, el software estarán en todo, y cada vez más invisibles”. En estos momentos estoy comiéndome un sancochito pedestre, aderezado de perejil, espeso como dios manda y enmazorcado. Y claro, estoy metiendo con cuidado la cuchara, no sea que me atranque con un chip o un troyano y, vaya uno a saber, la sal sea uno de esos dispositivos miniaturizados usados por el programa Prism para espiar mis dientes rotos y el desastre de mi aliento. Por supuesto, Barreto puede convencerme de que tras mi mazorca ha habido una densa telaraña tecnológica informática (porque, nótese, que Barreto llama tecnología a las máquinas y  programas de computación, y el resto –redes eléctricas, marchas bioquímicas, microscopios electrónicos, instrumentos musicales- son otra cosa). Pero obviamente, no ha ocurrido y dudo que vaya a ocurrir algo así como “el software estará en todo”.  En un estudio sobre Facebook (Angulo, y otros, 2013) mostramos, de manera lógica, que ni siquiera en cuestión de producción de imágenes las tecnologías digitales han conseguido, ni podrán conseguir, colonizar toda la producción de imágenes. 

Sin embargo, sí hay un mundo –muy chiquito, si se compara con los entornos no digitales- en que la tecnología [digital] está 100% en todo. Ese mundo es internet y,su versión gráfica, la web. Pero internet y la web, a pesar de su portentosa presencia y ubicuidad no son el mundo, sino un minúsculo mundo en el mundo. Y conviene hacer una declaración de sentido común al respecto, una afirmación que no cuadra –para nada- con la promocional retórica gurú de personas como Barreto hoy, o como Negroponte[i] en el pasado. Cualquier persona sensata sabe que si llegara a colapsar todo internet, toda la web y todas las máquinas y dispositivos digitales, el mundo continuaría marchando. Pero si, por casualidad, el sol –que, en principio colapsará en unos 5.500 millones de años- decidiera salir rápidito del asunto y se convirtiera de repente en una gigante roja  y  luego, tras un proceso abreviadísimo, se transformara en enana blanca hasta enfriarse, nada del mundo humanamente conocido quedaría en pie, incluido el microscópico mundo web. En el mundo web, al menos en las interfaces, todo es digital, aunque sabemos que, a la vez, este entorno sintético está montado y estructurado sobre una compleja urdimbre de máquinas, cables, enfriadores, mecanismos de distribución y acumulación de energía eléctrica, que no son completamente digitales, y de esa infraestructura depende enteramente internet. 

Entonces dentro del mundo humanamente conocido y producido hay unos micromundos, los digitales y sintéticos (Castronova, 2005) entre los cuales el entorno web es uno más, quizás el más importante de todos los micromundos digitales, debido a lo espeso de sus conexiones con los mundos no digitales[ii]. Es decir, hay el mundo (que incluye lo digital y lo no digital), hay lo digital (que incluye lo web y lo no web) y hay la web, que hace parte de ese mundo microscópico que es lo digital. Lo realmente interesante de la web y de lo digital es el modo como procuran ensambles inéditos con lo no digital. 

Un ejemplo: en estos momentos tengo en mis manos un recibo de pago de un parqueadero. El recibo fue impreso en un pequeño computador que, a la vez, activa –tras pagar- el brazo mecánico que permite mi salida del parqueadero. Ese computador no hace parte de la web y este recibo, en mis manos, tampoco. Es un producto digital, pero no web. Lo interesante es lo que le hace ese recibo a la vida en este mundo. En primer lugar, vale la pena insistir en ello, el recibo es el resultado de la desdigitalización de lo que había en el computador: es una impresión. En este mundo las máquinas de desdigitalizar (como las impresoras, las interfaces gráficas y visuales) son tan importantes como las de digitalizar. A veces olvidamos que lo puramente digital sería un conjunto de pulsaciones y estados (activo/inactivo, encendido/no encendido) completamente incomprensible si no contáramos con mediaciones que hacen visible lo digital y binario (impresoras, pantallas, superficies táctiles, impresoras 3D, en fin). 

Bien, lo interesante es que hay un recibo. Si, por alguna razón, yo no tuviera en mi mano el recibo estaría en problemas. El personal del parqueadero me obligaría a surtir un conjunto de trámites para poder salir. He ahí un efecto concreto, una forma específica de relaciones digital/no digital, en que lo relevante son los efectos no digitales de lo digital. Pero, además, si uno mira con cuidado el recibo encontrará un conjunto de datos interesantes: fecha y hora, valor, placa del vehículo, nombre del cajero, número del recibo. El nombre del cajero en el recibo tiene efectos concretos: cuando cambian de turno, el cajero A le entrega al cajero B la cantidad de dinero en caja, respaldado por las cifras de los recibos. Los descuadres los paga quien entrega el turno, en este caso el cajero A. El nombre del cajero en el recibo (una operación digital) tiene efectos no digitales concretos. Si por alguna razón el cajero A escribió mal el número de mi placa, tres letras y tres dígitos, el cajero B me pondría problemas para salir. La placa de mi carro (un número) y el registro en el recibo no coinciden, y por lo tanto no puedo abandonar el parqueadero. De repente, el carro que entró y el carro que intenta salir no son el mismo desde la perspectiva del cajero, aunque sea el mismo pichirilo para mí. Otro efecto no digital de una operación digital. Hay millones de ejemplos similares en los que apreciar los efectos no digitales de procedimientos digitales. Hackeo de cuentas, correos electrónicos mal direccionados, enamorados pillados in fraganti en Facebook, virus informáticos que borran tesis doctorales. En fin. Y si para el programa de seguridad llamado PRISM es posible tratar miles de millones de datos por segundo, cruzar datos e identificar patrones de conducta sospechosos, es porque tales datos están vigorosamente atados a dinámicas no digitales. 

A mi correo electrónico acaba de llegar una invitación. Es la siguiente (ver Figura 1 y Figura 2): se trata de una invitación para que vote por RENATA como el “mejor sitio de internet de investigación de Colombia”. RENATA aspira a obtener el premio Colombia en Línea 2013 a Mejor Sitio de Investigación (Científica, se supone). Lo interesante es que está haciendo promoción y captando votos tras postular al premio, aunque en sentido estricto RENATA no hace investigación científica, más bien ayuda a los procesos de comunicación pública de la actividad científica. El detalle clave de todo esto es que los votos y la promoción digital de RENATA tendrá efectos no digitales concretos: el director o directora presentará en su informe de gestión que la red fue proclamada como el mejor sitio de internet de investigación en 2013; obtendrá réditos simbólicos y pecuniarios por ello; y usará el hecho de que haya sido escogido como “mejor sitio de internet de investigación” para promoverse entre organismos gubernamentales y multilaterales, para plantear nuevas reglas de juego a las universidades y centros de investigación, y para cabildear mejores recursos ante el Ministerio de las TICs y Colciencias. Es decir, de nuevo –como el recibo del parqueadero- los efectos no digitales de lo digital son, a mi juicio, lo realmente importante en este caso. 

 

Figura 1

 

 

Figura 2

 

Eso es lo que no entiende Barreto, a pesar de que él vive de los efectos no digitales de lo digital: Grooveshark (Figura 3) un sitio para descarga de música, obtiene ingresos concretos (no digitales) de un conjunto de operaciones digitales. El aumento del tráfico hacia sitios web determinados o la caída del tráfico se han convertido en indicadores definitivos a la hora de convencer inversionistas, de entrar en el juego especulativo de la bolsa de valores o de amenazar a eventuales competidores. De nuevo, los efectos no digitales de lo digital son la clave. Facebook presentó como uno de sus activos, antes de salir a bolsa NASDAQ, el número de usuarios reportados, por ejemplo.

 

Figura 3

 

En un estudio que acabamos de terminar (Angulo, y otros, 2013) desarrollamos una noción muy sencilla, pero relativamente útil para calibrar y evaluar la diseminación de un sitio en la web, una diseminación que se usa como argumento de valor y permite derivar réditos económicos, simbólicos, políticos y jurídicos concretos (efectos no digitales de lo digital). Inventamos la noción de índice Google. Teniendo en cuenta que la web es un micromundo pero, como se sabe, densamente anudado de muchas maneras al mundo grande, tan densamente anudado que convierte a los Gates, Zuckenberg y Barretos en millonarios (aunque también hay millonarios de los otros, de los que tienen inversiones y capitales no inteligentes), uno puede hacerse una idea del grado de diseminación de un algoritmo concreto en ese micromundo que es la web. Imaginemos que hay un dispositivo para hacer el censo de los sitios web y TW (tres veces w) es el número total de sitios. No hay ningún dispositivo que pueda contar todos los sitios de la web, pero es posible conseguirse uno que cuente muchos de esos sitios. Es decir, un dispositivo que cuenta muchísimos, pero no todos los sitios web: algo así como una máquina que registra los TW-n, donde n son los sitios web no contados.

Ese dispositivo existe: se llama motor de búsqueda. Y el mejor se llama Google. Hay otros motores de búsqueda, pero sin duda Google es el más poderoso en estos momentos[i]. Para saber cuál es el límite de sitios web que Google puede contar le pedimos que busque un algoritmo que, sin duda, debe estar en casi todos los sitios web: un número. No nos metimos con letras porque, como se sabe, la e, quizás la letra más frecuente de las lenguas latinas y anglosajonas, no existe en el mandarín, el cirílico, el árabe. Pero en cambio en todos los sitios existe el 1 o el 0. También todos consideran el algoritmo www en alguna parte.

Por supuesto el número de registros depende de la hora en que se hace, del servidor usado, del volumen o tráfico, del número de computadores activos y conectados en ese momento, de las calidades del computador y del lugar (ciudad, barrio, casa, país) más o menos próximo o alejado del cableado real y los centros de enrutamiento del tráfico web.

Seleccionamos algunos de los buscadores más potentes y probamos cuántos registros arrojaban para los algoritmos 1 y www. Obtuvimos las siguientes cifras de sitios web que lo contienen (ver Tabla 1):

 

Tabla 1

 

Es decir, Google, el más poderoso censor de sitios web tiene un límite de 25,27 x 109, es decir, un poco más de 25 mil millones de sitios. Esta cifra es menor que nuestro imaginado TW. De acuerdo con Reddit habría, para 2012, 37 mil millones de sitios web. Ese sería el valor aproximado de TW, es decir un 30% más del límite de registros Google. Bien, este small world que es la web tiene un poco más de 37 mil millones de sitios[i].

Ahora, usemos el índice Google para examinar el grado de diseminación de ciertos algoritmos relacionados con marcas de empresas[ii]. Para ello dividimos el total de registro arrojados por el buscador y el límite Google (25,27 x 109): eso nos puede ofrecer un mapa interesante del grado en que los usuarios comunes, instituciones, gobiernos, empresas, mercadeadores, etc, contribuimos a irrigar ciertas marcas y nombres en la web. Es necesario rendirle un homenaje a nuestro gurú, Barreto, y por eso incluiremos su empresa en el listado (ver Tabla 2). También incluimos el término Internet que, nótese, no constituye una marca pero, eventualmente pudo haberlo sido, es decir –por dinámicas y contingencias históricas- bien pudo ser un conjunto de protocolos de propiedad privada. Tampoco la Web, un desarrollo del CERN, de Tim Berners-Lee y Robert Cailliau, lo es, lo cual hubiera sido fatal para los destinos y el devenir mismo de la web (otro término incluido en este pequeño análisis).

 

Tablas 2: En azul empresas de tecnologías informáticas y empresas web o punto.com. En rojo algunas de las 25 más grandes empresas del mundo, según Forbes (2013): se trata de empresas financieras, de petróleo y gas, automotrices. En amarillo, empresas de medios de comunicación internacionales y agencias de noticias. En violeta equipos de fútbol y deportivos de amplio prestigio global. En verde, empresas de bienes de consumo globales. En gris dos de los videojuegos más populares del momento. En café, empresas colombianas e iberoamericanas de medios. En blanco los dos términos con que las personas definen hoy en día estos entornos, internet y web, que por fortuna no se convirtieron en dominio y empresas privadas.